Tenia unos 12 años cuando me dio mi primer ataque de ansiedad, pero en ese entonces no tenía idea de que me estaba pasando, yo sólo sentía una gran desesperación, que no alcanzaba a respirar y dolor en el pecho, sentía que me iba a morir, así que mi mamá muy preocupada me llevo al doctor, pero el dijo que todo estaba bien, al menos físicamente pero no tuvo tampoco la iniciativa de indicarme que podría ser un ataque de ansiedad, quizás tampoco lo sabía, en aquel entonces no era tan común escuchar de estos “ataques”, se me paso unos días después.
Unos meses más tarde me volvió a dar un ataque, recuerdo que fuimos a una misa de una fiesta y me empecé a sentir mal, mi mamá me saco de la misa y estuvimos afuera, empecé a llorar, mi mamá se desesperaba mucho porque no sabía como ayudarme, yo tampoco lo sabía.
Dejaron de darme estos ataques pero había caído en depresión, fue la primera vez que decidí acudir con un psicólogo, estaba en la prepa y las maestras que daban la materia justo de psicología ofrecieron sus servicios por si necesitábamos apoyo, allí supe que lo que me había pasado era un ataque de ansiedad, allí supe que tenía depresión crónica, allí supe que siempre quería estar de la mano con un terapeuta.
En la universidad regresaron esos ataques, pero ya sabía como podía “controlarlos”, me ayudaba mucho estar en CU porque esta lleno de áreas verdes y eso me ayudaba mucho para mantenerme tranquila cuando me daba un ataque de pánico, de ansiedad.
Ahora sé como identificarlo, como debo de respirar, que debo de hacer para que pase, pero a veces ni eso es suficiente, tengo un oxímetro, cada que siento que no puedo respirar me lo pongo para convencerme de que si estoy oxigenando bien, pero las últimas veces, me era muy difícil calmarme, entonces, como si ellos supieran, vinieron mis gatos, se echaron en mi cabeza y pecho y empezaron a ronronear, poco a poco se fue pasando la sensación de malestar.
Al inicio cuando Mario empezó a irse también me sentía un poco mal, pero no llegaba a un ataque como tal, porque cada que me empezaba a sentir mal le hablaba a mi mamá y ella me ayudaba a tranquilizarme, pero cuando ella murió, todo se vino abajo, empecé a tener los ataques de pánico, de histeria. Megami tampoco ayudaba mucho, me ponía muy histérica cada que teníamos que salir y le llamaba a Mario llorando para reclamarle y para desahogarme, toque fondo, ustedes lo leyeron, de verdad toque fondo.
Pero justo cuando llegue al fondo decidí que tenía que salir adelante, que no era posible que me dejara vencer y empecé a cambiar las estrategias, me refugie un poco más en el blog, me puse a ver que me funcionaba más con Megami, fue la comida, entonces en cada paseo ya llevo croquetas, por si viene otro perro, un gato o quien sea, así la distraigo, hemos tenido muchos menos incidentes, pero con este nuevo entrenamiento ya la he visto más calmada, eso me alegra, además también siento que ya tengo más control sobre ella.
Me aterraba la idea de que temblara y no pudiera bajar, pero después decidí que si temblaba me bajaría yo sola, si algo pasaba obviamente me iba a doler perder a mis peluditos, pero la vida humana se preserva sobretodo, hable con Mario y le dije que los iba a dejar, y me dijo que si, que no importaba, que lo importante es que yo me sintiera a salvo, así que ya no me pesa (tanto) si llegamos a ese escenario, aunque me conozco y sé que los voy a bajar como sea, pero al menos sé que tengo la alternativa de dejarlos.
Estaba esperando octubre porque según en este mes Mario ya estaría de regreso, pero extendieron el contrato hasta finales de año, pero como veo las cosas seguramente hasta el siguiente año va a estar viajando, eso me pego otra vez, pero entiendo que debe trabajar y que yo debo afrontar igualmente las situaciones que se me vayan presentando, no es como que sea el fin del mundo, aunque a veces así se siente para mí.
Y pues aquí ando, con lagrimas en los ojos porque de alguna manera ya me siento un poco más liberada.
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