La siguiente entrada la escribí pensando en hacer una nueva sección de historias, mismas, que ojalá un día pueda llevar a un libro, espero que les guste. No v a ser una historia continua, más bien un cúmulo de historias diferentes, de amor y desamor, la mayoría de esto último, porque con lo dramática que soy se me da bien.
Miro
por la ventana de mi cuarto, es una tarde de invierno fría y de alguna manera
triste, sobre todo cuando recuerdo que casi cumplo los treinta y todavía hay
alguien que me desordena el día con solo aparecer, pero eso no es lo triste, es
el hecho de que soy una mujer casada lo que me hace sentir melancolía, porque,
aunque esté esa persona iluminando mi existencia solo con su presencia, sé que
nunca será más que un recuerdo, un tal vez y un jamás, todo al mismo tiempo.
No
es que lo vea seguido, pero la Ciudad pese a todo es pequeña y cuando dos
personas se conocen siempre hay una calle, un café, un amigo en común que lo
trae de vuelta, claro, que sea el amigo de mi primo ayuda mucho, cuando lo veo
no pasa nada extraordinario a la vista, pero una emoción se me sube al pecho,
me desborda el corazón y se me nota en la cara, por más que intente esconderlo,
yo sonrío con la prudencia de quien ya aprendió a no tocar lo que quema, pero
por dentro me sigue creciendo ese deseo antiguo, ese amor que nunca fue mío y
que, sin embargo, me ha acompañado más tiempo que muchos otros, cuando nos
vemos la mayoría de las veces nos saludamos y hablamos del clima, del trabajo,
de cualquier cosa, sólo por unos minutos, después de los cuales cada uno retoma
su camino.
Siempre
he querido preguntarle si alguna vez sintió algo por mí, no si me quiso —eso
sería demasiado—, solo si en algún momento aunque fuera breve, pensó en mí como
yo he pensado en él durante tantos años, pero no pregunto, me quedo callada,
sosteniendo la duda como se sostienen las cosas frágiles: con cuidado, con
miedo de que al nombrarlas se rompan para siempre.
Una
vez me dijo como si no midiera el peso de sus palabras: qué lástima que no me elegiste a mí,
esa frase se me quedo prendida en el cuerpo como una canción que no se puede
dejar de escuchar, porque yo no lo elegí, es cierto, pero tampoco sentí que
pudiera hacerlo. A veces el amor no se cruza con la valentía ni con el tiempo
ni con las circunstancias correctas, no creo que él lo sepa, tal vez piensa que
nunca lo tomé en serio, o que solo jugaba mientras pasaba el tiempo, suelo
imaginar que se dijo a sí mismo que yo era ligera, indecisa, una mujer que no
sabía lo que quería, y no era eso, lo que pasa es que entonces las circunstancias
no estaban a favor de nadie.
Él
no era una persona responsable, no era alguien en quien se pudiera confiar para
construir una vida, yo lo sabía, incluso cuando me temblaban las manos al verlo,
querer no siempre es suficiente, a veces hay que saber renunciar a tiempo, no
lo elegí porque quise cuidarme, porque supe que el amor también necesita suelo
firme. Pero hay decisiones que se toman con la cabeza y se pagan con el corazón
y aun así, el cuerpo no olvida lo que el corazón entendió demasiado tarde.
Yo
me casé con otro hombre, uno bueno, uno que me eligió todos los días y con el
que he construido una vida tranquila, estoy bien, y aunque he seguido adelante,
aunque he aprendido a querer desde otro lugar, no he podido evitar mis
sentimientos por él. No son un peligro, no son una traición; son una parte de
mí que no se fue.
A
veces pienso en cómo habrían sido las cosas si hubiéramos seguido juntos, no
estoy segura de que una relación conmigo lo hubiera llevado por buen camino, tuvo
otras relaciones y siguió igual, solo la muerte de su padre logró que cambiara
y eso fue apenas hace dos años, lo nuestro fue cuando apenas éramos unos
adolescentes descubriendo el mundo y su propia vida.
Si
nosotros hubiéramos seguido, probablemente nos habríamos separado de todas
maneras, teníamos metas distintas, sueños que no coincidían, pero hay un rincón
dentro de mí que no puede evitar preguntarse: ¿y si lo hubiéramos logrado? ¿Si
hubiera ocurrido ese cambio a tiempo, lo suficiente para construir algo sensato
juntos?, pero realmente no veo una respuesta clara, como dije, apenas realizó
un cambio y no ha sido suficiente para ver que podría ofrecer algo más seguro,
algo más estable. Seguramente si hubiéramos continuado yo seguiría viviendo con
mis padres, y nuestra relación habría sido más un noviazgo que otra cosa, cada uno
en su casa, aprendiendo a coexistir.
Es
curioso, puedo imaginar todo esto sin resentimiento, solo con la sensación de
un futuro que nunca llegó, de una vida que podría haber sido diferente, pero
que tal vez también habría sido incompleta, y aun así me invade un calorcito
extraño, una mezcla de ternura y deseo, por ese hombre que de alguna manera era
mío, pero al mismo tiempo nunca lo fue.
Quizás
lo que añoro es que nunca cerramos el ciclo, yo me fui de su vida, o eso creí,
llevándome mis silencios y mis dudas, pero él siguió habitando mi mente sin que
me diera cuenta, los años pasaron, las casas cambiaron, los amigos vinieron y
se fueron, pero él siempre estaba allí, entre la memoria y el deseo,
recordándome que algunas personas nunca se van del todo, incluso cuando no
están. Y ahora, a mis veinte y nueve años, lo reconozco con toda claridad: no
necesito respuestas, no necesito reproches, solo sé que hay un hilo invisible
que nos conecta, un hilo que se tensa y se afloja, que no pide nada y a la vez
lo dice todo. Y me doy permiso de sentirlo, de dejar que me atraviese, sin
miedo y sin culpa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Y TU LO DICES ASI: