Cuando uno escribe para satisfacer la inspiración interior del alma, uno da a conocer por lo escrito, aun sin quererlo, hasta la más mínima fibra de su ser y de su pensamiento.

Germaine De Staël

MEMORIAS

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lunes, 24 de agosto de 2026

PICANTE



Quiero compartir este ejercicio que realicé en mi taller de escritura creativa, fue un ejercicio que me gusto mucho, sobre probar ciertos sabores y ver que recuerdos nos traía, y aunque cada sabor fue un recuerdo diferente, opté por el sabor picante, por eso el titulo de la entrada, el escrito original esta a mano, pues como les había dicho es un taller de escritura a mano y les dejo las evidencias del relato escrito, pero lo pase a la compu también por si no le entienden a mi letra. 

Es curioso cómo un sabor te puede evocar recuerdos, aunque ciertamente, de alguna manera, lo había notado, pero nunca le presté mucha atención, hasta el viernes con el taller de escritura.

 Probamos distintos sabores que me trajeron muchos recuerdos, en su mayoría felices, por eso el que quiero recalcar ahora es el sabor picoso, principalmente porque me recordó a mis amigas de la universidad y a una anécdota en específico que tiene que ver con una tarde del quinto semestre, mis amigas Rocío y Sandra, y su servidora como protagonistas.

 Ese día ya no teníamos clases, solo estábamos esperando por una conferencia, Sandra se nos había escapado, bueno, desaparecido y a pesar de ya tener celulares en ese entonces, no eran tan usados como hoy día; así que solo le mandamos un mensaje para que no olvidara la conferencia, a la cual teníamos que entrar sí o sí.

 En fin, unos veinte minutos antes de que empezara, llegó Sandra; ella tenía una tez muy blanca, pero ese día se veía roja como una manzana, extremadamente feliz y un poco tambaleante, ¡estaba borracha!, Rocío y yo solo nos vimos la una a la otra con cara de asombro y de risa.

 Nunca la habíamos visto así, además, ya estaba por empezar la conferencia, recuerdo que le dije que fuéramos por un café bien cargado, y alguien, no recuerdo quién, otro compañero de la clase, dijo que mejor algo muy picoso, en ese momento, Sandra dijo que tenía ganas de vomitar y nos acercamos a una jardinera, porque dijo que ya no llegaba al baño, al final ni vomitó.

 En ese lapso ya le habían comprado el sándwich, pero no uno normal, era uno lleno de chile, no recuerdo, pero me atrevo a pensar que no tenía otra cosa más que rajas, como ya teníamos que entrar a la conferencia, pasamos el sándwich de contrabando y a Sandra en medio de varios compañeros, porque olía demasiado a alcohol.

 Nos sentamos hasta atrás para tratar de no llamar la atención, cosa que fue imposible, ya que cuando sacó el sándwich todo el auditorio se inundó de un olor a chiles, varios volteaban tratando de averiguar de dónde provenía el olor, pero creo que nadie se dio cuenta.

 Afortunadamente ese sándwich le ayudó a que se le bajara un poco la borrachera, y saliendo ya nos fuimos a cenar algo más formal, pero es una anécdota que nunca olvidaremos, porque siempre que tengo antojo de algo picoso molesto a Sandra, le mandó un mensaje diciéndole que tengo antojo de una bolsa de salsa con papas, como las de la H. FCPyS, o un sándwich de chile que apeste el Flores Magón, así se llamaba el auditorio, ella siempre me manda una carita con una lengua de fuera.

martes, 11 de agosto de 2026

ANTES NO ME DABAN MIEDO LOS TEMBLORES

Antes no me daban miedo los temblores, eso fue lo primero que pensé anoche, cuando no podía dormir por estar pensando en el sismo en Colombia y que en cualquier momento puede temblar aquí.

 No sé en qué momento un temblor dejó de ser simplemente eso, un temblor, algo que pasa, que mueve las cosas durante unos segundos y después se acaba, antes podía estar en medio de uno y pensar “ah, está temblando” y ya, ahora no.

 Ahora mi cabeza empieza a dar vueltas: ¿Qué hago si tiembla y estoy sola?, Porque una cosa es salir de tu casa durante un sismo y otra muy distinta es salir con tres perros, pero no sólo son mis tres perros, son los perros de los vecinos de abajo, los de los demás edificios, creo que hay más perros que gente en esta unidad y entonces pienso en todos saliendo al mismo tiempo, en el caos, en tratar de controlar a los tres mientras intento salir y eso me da miedo, pero aunque se los digo, tampoco me veo dejándolos en la casa, porque a pesar de que diga son perros y mi vida vale más pues me sentiría muy culpable, si ya me siento así por dejar a los gatos, pero ya con tantos uno de plano no puede, y si ya hemos salido durante sismos con los perros, pero no estaba megami aun y estaba Mario, dos pequeñas grandes diferencias.

 Antes de 2017 yo no tenía miedo de los temblores, el 19 de septiembre de 2017 yo estaba trabajando cuando empezó a temblar, en el momento, aunque si lo sentí fuerte no vi la magnitud del mismo, es decir, no pensé que fuera lo que fue, cuando regresamos a la oficina y empecé a ver las redes sociales quedo en shock, me di cuenta de la magnitud que había tenido y pensé en mi mamá que estaba sola en su casa y mi esposo estaba en su trabajo.

 Yo solo quería llegar a ver a mi mamá, pero el transporte había colapsado, así que tuve que caminar, y mi mamá vive muy lejos y no me vi caminando hasta allá, pero dije ni modo, si se tiene que hacer, a medio camino mi hermano me llamo que ya estaba llegando con mi mamá y eso me tranquilizo y ya desvié mi camino hacia mi casa.

 Pero en el camino vi cosas que todavía recuerdo, derrumbes, edificios enormes reducidos a montañas de escombros, y creo que eso fue una de las cosas que más me impresionó, el pensar cómo un edificio de nueve o diez pisos podía quedar reducido a nada, a una montaña de cuatro o cinco metros de escombros donde antes había un edificio entero, ¿Cómo puede desaparecer algo tan grande?.

 También recuerdo a una señora que estaba llorando, había ido por su hijo a la escuela y, por lo que entendí, en la escuela ya lo habían sacado, el niño estaba afuera de su edificio y ella había regresado a casa al no encontrarlo en la escuela y recuerdo cómo cambió su casa cuando vio a su hijo, corrieron uno hacia el otro y se abrazaron y yo no pude evitar pensar en mi mamá y que estaba sola, en ese momento aún no llegaba mi hermano con ella.

 Esa noche tampoco pude dormir, la zona donde vivo fue una de las que tuvo derrumbes muy cerca, así que durante horas se escucharon ambulancias, helicópteros, sirenas, gente moviéndose de un lado para otro, no era solamente el temblor, ese movimiento de tierra, fue todo lo que vino después, el ruido, los edificios destruidos, la gente buscando a otras personas, la posibilidad de que alguien estuviera atrapado debajo de todo aquello.

 Creo que algo se quedó conmigo después de ese día, no sé si llamarlo trauma, miedo o simplemente una conciencia que antes no tenía, la conciencia de que una casa puede dejar de ser segura en cuestión de segundos, de que algo que parece enorme y sólido puede convertirse en escombros, de que puedes estar trabajando tranquilamente y, unas horas después, estar caminando por una ciudad destruida.

 También está otro miedo del que casi nunca hablo: me da muchísimo miedo morirme y que nunca encuentren mi cuerpo, es uno de mis mayores temores, creo que se quedo grabado en mi porque mi tía me contaba de una vecina, en el terremoto del 85 nunca pudo encontrar a su esposo y a su hijo, la señora se volvió loca de la desesperación, del dolor, y yo supongo que después de ver tantos edificios derrumbados es difícil no pensar en eso, no solamente en morir, en quedar debajo de todo y que nadie sepa dónde estás, que nunca te encuentren y que las personas que te quieren no sepan qué pasó contigo.

 Quizá por eso ahora, cuando pienso en un temblor, no pienso solamente en que se mueva la tierra, pienso en todo y en que antes no me daban miedo los temblores.

jueves, 4 de junio de 2026

LA MAGIA DEL RECREO

 

Una más de mis historias pal' libro 

Ayer mientras salía a comprar mi comida, no pude evitar verme entre los jóvenes de secundaria que venían caminando en la misma acera, y un breve recuerdo llego a mi mente: en secundaria yo medía el tiempo por los recreos.

 El recreo era importante para mí, no por el descanso, la comida o mis amigas, sino por él, mi primer amor, él iba en otro salón, y aun así yo sabía exactamente a qué hora cruzaría el patio, me sentaba donde pudiera verlo sin parecer obvia y lo observaba como se observa algo que no se toca: con cuidado, con ilusión, con un poco de miedo.

 Un día un amigo llegó con esa noticia que a los catorce años parece cambiarlo todo: dice que le gustas. El corazón me dio un salto torpe, de esos que no saben caer bien, pero cuando por fin intentaron presentarnos, él dijo que mejor no, porque estaba enamorado de otra chica, una que no le hacía caso, yo asentí a mis adentros como si no pasara nada, como si no acabara de aprender que el rechazo también se puede decir en voz baja, yo fingí entenderlo todo y aprendí, sin saberlo, que a veces el rechazo no cierra del todo las puertas, porque después vino lo otro.

 El tiempo hizo lo suyo, nos cruzamos más, nos hablamos sin llamarlo relación, sin nombrarlo, empezamos a buscarnos en los recreos. No siempre hablábamos, a veces solo nos encontrábamos, nos besábamos con esa urgencia torpe y feliz que no pide explicaciones.

 Nunca fuimos novios, nunca hubo promesas, pero había una certeza silenciosa: durante esos minutos, éramos solo él y yo, no pasó nada más allá de los besos, y no hizo falta, para mí eso era suficiente para sentirme en las nubes. Volvía a clase con el corazón acelerado, como si llevara un secreto guardado en el uniforme, fue un cariño inocente, sin peso, sin futuro, pero profundamente real.

 Al salir de la secundaria lo busqué durante años. En redes, en recuerdos, en la gente que decía creo que sí supe de él. Nunca apareció, hasta que, siete años después, el pasado decidió hacerse presente, nos volvimos a ver, ya no éramos niños, hubo un encuentro rápido, furtivo, como un eco de lo que fuimos sin saberlo, como si el destino solo quisiera cerrar una puerta que había quedado entornada.

 Después de eso, nada, no más intentos y eso está bien, porque no todo lo que fue importante necesita durar. Hoy pienso en él sin nostalgia amarga, fue parte de quien fui, de la forma en que aprendí a sentir. No todos los amores están hechos para durar; algunos solo vienen a enseñarnos cómo se siente estar en las nubes… aunque sea un rato.

 Algunas historias solo existen para recordarnos cómo se sentía esperar el recreo, cómo bastaban unos besos para ser felices, cómo el primer deseo no siempre pide nombre para ser verdadero. Y con eso, estoy en paz.

viernes, 8 de mayo de 2026

Los amantes perfectos

 

Sentada frente al computador, mientras intento trabajar, un suspiro lo trae a mi mente, él no fue amor, fue algo más sencillo y, por eso mismo, difícil de explicar, quizás podría compararlo con el famoso amor de verano de los jóvenes, pero no fue del todo una casualidad, trabajábamos juntos, pero nunca habíamos pasado de un saludo educado, hasta que un día, después de varias miradas furtivas, hubo una invitación a comer.

 Ambos sabían que aquella invitación a comer era apenas un acuerdo tácito, una forma educada de encubrir el deseo, no pasó nada ese día, o eso creyeron, pero algo quedó encendido, lo suficiente como para marcar el inicio. A partir de ahí dejaron de ser solo amigos con sonrisas largas y se volvieron amigos con miradas que se demoraban más de la cuenta, como quien reconoce una urgencia: con hambre contenida, con una sonrisa que ya prometía demasiado.

 Después vinieron los besos, no tímidos, no contenidos, besos que parecían reclamar un lugar que aún no existía. Ninguno de los dos imaginó que tanta pasión pudiera desbordarse así, sin previo aviso, como si los cuerpos se reconocieran antes que las palabras, porque el cuerpo insiste cuando algo le pertenece por instantes. Se dejaron llevar, sin promesas, sin nombres, solo obedeciendo a esa urgencia que no pide permiso.

 Lo que siguió fue puro impulso, una pasión limpia y también un prohibida, de esa que no se presume ni se planea, bebimos uno del otro con hambre tranquila, descubriendo labios y piel como quien encuentra un secreto que no quiere compartir.

 Nuestros cuerpos quedaron saciados, exhaustos, pero no completos, lo que nació ahí no fue amor, fue algo más urgente: una necesidad que regresaba, puntual, casi ritual, semana tras semana.

 No me prometió nada ni me habló del futuro, yo por otra parte nunca quise su corazón, quise su atención, él me trataba bien, demasiado bien, como si yo fuera una reina en ese espacio breve que compartíamos. Yo no lo amé, nunca lo confundí, solo quise que ese trato fuera mío, que no se derramara en nadie más.

 Me abría la puerta, me miraba a los ojos cuando yo hablaba y ponía su mano en mi espalda como si supiera exactamente cuánta presión necesitaba, me trataba con una delicadeza que no pedí.

 Me gustaba saber que era mío en ese espacio pequeño y cerrado, que nadie más entraba. No eran celos, era posesión suave, como quien cuida un objeto frágil, aunque no le pertenezca.

 Cuando se fue, no dolió como duele el amor, no hubo llanto ni reproches, solo quedó en la memoria ese recuerdo tibio, que no quema ni congela, pero que vuelve de vez en cuando para recordarme que también merecí eso: calidez sin promesas, cuidado sin amor, y a veces, eso basta.

 La relación duró poco, pero mientras existió, fue absoluta, no hubo promesas ni planes, solo la certeza de que, en ese tiempo breve, nuestros cuerpos se entregaron con una intensidad que no admite mitades. Así, sin futuro y sin nombres, nos volvimos eso: los amantes perfectos. No por lo que duro, sino por todo lo que ardió.

lunes, 23 de marzo de 2026

No era amor, pero era verdad

 Esta es otra historia "pal' libro" como les llamo yo. 

Esta no es una historia de amor, es más bien una historia de pasión, esa que te llega como cuando eres adolescente, la que te hace sentir que la vida es bella y el cuerpo liviano, no lo conocí por accidente, una amiga me había hablado de él con esa ligereza peligrosa con la que se anuncian las cosas importantes, como si no supiera que hay nombres que llegan antes que las personas. Yo ya sabía que iba a estar allí, sabía incluso, que debía tener cuidado, aun así, fui, entré al lugar con la curiosidad alerta y el corazón dispuesto a negar cualquier evidencia.

 Cuando me lo presentaron, bastó un minuto —tal vez menos— para entender que entre nosotros había algo imprudente, una chispa que no pedía permiso ni explicaciones, hablamos como si nos conociéramos de antes, como si hubiéramos quedado pendientes en otra vida y el tiempo, generoso o cruel, nos hubiera vuelto a cruzar solo para recordárnoslo. La química fue inmediata, indecente, no hubo tiempo para la duda, desde el primer minuto supe que algo se había desordenado.

 Yo tenía pareja, él también, eso nos daba una falsa sensación de seguridad, como si los compromisos fueran un chaleco antibalas contra el deseo, y aun así, el cuerpo no sabe de compromisos cuando el alma se despierta.

 Nunca mencionamos a nuestras parejas, aunque estaban ahí, invisibles pero presentes, como un acuerdo tácito de buena conducta. El deseo, en cambio, no respetó ningún pacto, se sentó entre nosotros con descaro, vivía en las miradas largas, en las sonrisas que llegaban tarde, en el roce accidental de las manos que nadie se apresuraba a corregir.

Pasó una vez.

Una sola vez, y fue suficiente.

 No fue un accidente, fue una decisión breve y clara, un cruce de cuerpos que no pedía futuro ni repetición, no hubo promesas ni planes, solo una verdad sostenida el tiempo justo para no convertirse en mentira, después, el mundo volvió a su lugar, aunque no exactamente igual.

 Y fue ahí cuando entendí algo incómodo: que la sensación de engaño no apuntaba donde yo creía, volví a mi pareja con la impresión extraña de estar ocultando algo que había sido, paradójicamente, honesto, como si al regresar estuviera traicionando esa única vez en la que me permití no fingir.

 Después cada uno siguió su camino, como se espera de las personas que no quieren hacer daño, regresamos a nuestras vidas con una mezcla incómoda de alivio y pérdida, nada se rompió de forma escandalosa, pero algo quedó marcado, como una grieta fina que solo se nota cuando la luz da de cierto ángulo.

 Seguimos siendo amigos, que es una palabra osada cuando hay historia debajo, aprendimos a estar sin cruzar líneas, a hablarnos sin tocarnos, nunca volvimos a mencionar aquello que pasó, pero lo llevábamos con nosotros, discreto, bien educado, atento a cada gesto.

 A veces me pregunto si él recuerda ese primer día como yo: con la sensación de haber llegado sabiendo demasiado y aun así no haber sabido nada. Si en ciertos momentos piensa en mí con esa nostalgia que no duele, pero acompaña.

 No fuimos una historia de amor, al menos no en la forma tradicional, fuimos algo más discreto y quizá más honesto: la prueba de que no todo lo que se siente debe vivirse hasta el final, que hay personas que llegan no para quedarse, sino para enseñarnos quiénes podríamos haber sido, un momento exacto en el que entendí que el deseo no necesita repetirse para ser verdadero y que una mujer puede elegir una vez —solo una— y llevar esa elección consigo sin arrepentimiento.

 Porque algunas cosas no regresan, no porque falten, sino porque ya dijeron todo lo que tenían que decir.

jueves, 5 de marzo de 2026

No fui su historia, pero fui su pausa

 Esta es otra de las historias que me gustaría se integraran algún día a un libro. 

No todas las historias de amor comienzan como las novelas nos han hecho creer, esta historia fue con naturalidad, un día de fiesta entre amigas y allí estaba él, una coincidencia demasiado cómoda para ser casual, ya nos habíamos visto antes, pero en ese momento yo no lo recordaba, pero él sí, y en aquel instante yo no sabía que estaba entrando en algo que me iba a marcar.

 Apareció cuando el amor que yo había elegido no supo dónde ponerme, yo venía de un amor breve, intenso y tierno, pero incompleto, de esos que no fallan por falta de sentimiento, sino por exceso de realidad, mi corazón quedó en un lugar donde no lo extrañaron, lo tomaron, lo usaron con cuidado, incluso con cariño, y luego lo dejaron ahí, sin sitio propio, sin un nombre claro, y eso, aunque una lo entienda, duele.

 Pero llego él, mi ángel, no buscaba salvarme, pero lo hizo, llegó justo cuando yo estaba a punto de romperme del todo, cuando el dolor ya no cabía en el pecho y empezaba a buscar salida, no le conté nada y aun así me dijo las palabras exactas, como si supiera que me estaba pasando, como si mi tristeza se notara más de lo que yo creía y me dio tranquilidad sin proponérselo.

 A pesar de que había entre nosotros una brecha, no sólo de edad, sino de historia, yo aún con el corazón roto, todavía podía permitirme creer que el amor se construye hacia adelante, él amaba mirando el pasado, cuidando no romper nada más de lo que ya estaba roto, él tenía hijos pequeños, una vida que todavía no encontraba su nueva forma, una familia ante la que yo no existía y aun así, durante un tiempo breve, coincidimos en el mismo espacio.

 A veces lo veía quedarse en silencio, no era un silencio vacío, estaba lleno con sus hijos, sus horarios, sus responsabilidades, mismas que yo apenas comenzaba a entender, me hablaba de ellos con una mezcla de orgullo y cansancio, yo lo escuchaba con atención verdadera, no por obligación, sino porque me importaba, y en ese gesto —el de escuchar sin huir— creo que él empezó a quererme.

 Nuestro amor fue un descubrimiento mutuo, él se permitía reír como alguien que había olvidado que podía hacerlo sin culpa, yo aprendía a amar con el cuerpo y con la cabeza al mismo tiempo, no había juegos ni promesas exageradas, había presencia, y eso era mucho.

 Hubo intensidad sí, pero no era una intensidad ruidosa, era más bien una forma cuidadosa de tocarnos, de hablarnos bajito, como si ambos supiéramos que aquello era frágil, el problema nunca fue el amor, fueron los lugares que no podía ocupar, no quise ser la otra ni siquiera cuando ya no había otra, no quise amar desde la sombra ni aceptar una historia que no pudiera decirse en voz alta.

 Y aun así me quedé un tiempo, porque cuando estábamos juntos, todo parecía suficiente, el problema es que el amor no solo vive de lo que pasa entre dos personas, sino de lo que puede decirse de ellas, y yo no quería ser un secreto amable ni una pausa entre etapas, recuerdo el momento exacto en que lo entendí, me dolió en silencio, como duelen las cosas que una entiende antes de aceptarlas, en ese instante supe que yo estaba más adentro de su vida de lo que él estaba dispuesto a recibirme, no fue una pelea, fue una frase simple, dicha sin intención de herir…

 Para mí fue un amor universitario, para él fue otra cosa: una ventana abierta después de años de estar cerrada, yo lo veía descubrir la juventud que se le había escapado por casarse demasiado pronto; él me miraba como quien aprende que amar también puede ser tierno, no solo responsable.

 Nos despedimos sin dramatismos, como se despiden los adultos que ya aprendieron que no todo lo que duele es un error. Me quedé con la certeza de haber amado bien, aunque no por mucho tiempo y entendí que a veces una se va no porque deje de querer, sino porque se quiere a sí misma lo suficiente, ahora sé que los amores breves no son incompletos, son exactos, duran lo que tienen que durar para enseñarnos algo que no se aprende de otra forma y aunque nunca hablamos directamente del lugar que yo ocupaba, lo sabíamos, yo existía en un espacio delicado, sin nombre, yo sabía que los besos no eran contratos y que las caricias no prometían nada y aun así me dejé caer en la experiencia de un amor intenso y tierno, justo en la edad en la que ambos lo necesitábamos, aunque por razones distintas.

 Y eso fue suficiente para recordarme algo esencial: que la vida todavía valía la pena, que yo valía la pena, incluso más de lo que había creído mientras intentaba encajar en una historia que no podía nombrarme, aprendí también que el corazón puede sangrar y seguir latiendo, que una es más resistente de lo que imagina, aunque el dolor se sienta desproporcionado.

Hoy me quedo con la tranquilidad, con ese ángel sin alas que llegó sin prometer nada y me saco del abismo en el que estaba.   

lunes, 12 de enero de 2026

Un tal vez, un jamás

La siguiente entrada la escribí pensando en hacer una nueva sección de historias, mismas, que ojalá un día pueda llevar a un libro, espero que les guste. No v a ser una historia continua, más bien un cúmulo de historias diferentes, de amor y desamor, la mayoría de esto último, porque con lo dramática que soy se me da bien. 


Miro por la ventana de mi cuarto, es una tarde de invierno fría y de alguna manera triste, sobre todo cuando recuerdo que casi cumplo los treinta y todavía hay alguien que me desordena el día con solo aparecer, pero eso no es lo triste, es el hecho de que soy una mujer casada lo que me hace sentir melancolía, porque, aunque esté esa persona iluminando mi existencia solo con su presencia, sé que nunca será más que un recuerdo, un tal vez y un jamás, todo al mismo tiempo.

 No es que lo vea seguido, pero la Ciudad pese a todo es pequeña y cuando dos personas se conocen siempre hay una calle, un café, un amigo en común que lo trae de vuelta, claro, que sea el amigo de mi primo ayuda mucho, cuando lo veo no pasa nada extraordinario a la vista, pero una emoción se me sube al pecho, me desborda el corazón y se me nota en la cara, por más que intente esconderlo, yo sonrío con la prudencia de quien ya aprendió a no tocar lo que quema, pero por dentro me sigue creciendo ese deseo antiguo, ese amor que nunca fue mío y que, sin embargo, me ha acompañado más tiempo que muchos otros, cuando nos vemos la mayoría de las veces nos saludamos y hablamos del clima, del trabajo, de cualquier cosa, sólo por unos minutos, después de los cuales cada uno retoma su camino.

 Siempre he querido preguntarle si alguna vez sintió algo por mí, no si me quiso —eso sería demasiado—, solo si en algún momento aunque fuera breve, pensó en mí como yo he pensado en él durante tantos años, pero no pregunto, me quedo callada, sosteniendo la duda como se sostienen las cosas frágiles: con cuidado, con miedo de que al nombrarlas se rompan para siempre.

 Una vez me dijo como si no midiera el peso de sus palabras: qué lástima que no me elegiste a mí, esa frase se me quedo prendida en el cuerpo como una canción que no se puede dejar de escuchar, porque yo no lo elegí, es cierto, pero tampoco sentí que pudiera hacerlo. A veces el amor no se cruza con la valentía ni con el tiempo ni con las circunstancias correctas, no creo que él lo sepa, tal vez piensa que nunca lo tomé en serio, o que solo jugaba mientras pasaba el tiempo, suelo imaginar que se dijo a sí mismo que yo era ligera, indecisa, una mujer que no sabía lo que quería, y no era eso, lo que pasa es que entonces las circunstancias no estaban a favor de nadie.

 Él no era una persona responsable, no era alguien en quien se pudiera confiar para construir una vida, yo lo sabía, incluso cuando me temblaban las manos al verlo, querer no siempre es suficiente, a veces hay que saber renunciar a tiempo, no lo elegí porque quise cuidarme, porque supe que el amor también necesita suelo firme. Pero hay decisiones que se toman con la cabeza y se pagan con el corazón y aun así, el cuerpo no olvida lo que el corazón entendió demasiado tarde.

 Yo me casé con otro hombre, uno bueno, uno que me eligió todos los días y con el que he construido una vida tranquila, estoy bien, y aunque he seguido adelante, aunque he aprendido a querer desde otro lugar, no he podido evitar mis sentimientos por él. No son un peligro, no son una traición; son una parte de mí que no se fue.

 A veces pienso en cómo habrían sido las cosas si hubiéramos seguido juntos, no estoy segura de que una relación conmigo lo hubiera llevado por buen camino, tuvo otras relaciones y siguió igual, solo la muerte de su padre logró que cambiara y eso fue apenas hace dos años, lo nuestro fue cuando apenas éramos unos adolescentes descubriendo el mundo y su propia vida.

 Si nosotros hubiéramos seguido, probablemente nos habríamos separado de todas maneras, teníamos metas distintas, sueños que no coincidían, pero hay un rincón dentro de mí que no puede evitar preguntarse: ¿y si lo hubiéramos logrado? ¿Si hubiera ocurrido ese cambio a tiempo, lo suficiente para construir algo sensato juntos?, pero realmente no veo una respuesta clara, como dije, apenas realizó un cambio y no ha sido suficiente para ver que podría ofrecer algo más seguro, algo más estable. Seguramente si hubiéramos continuado yo seguiría viviendo con mis padres, y nuestra relación habría sido más un noviazgo que otra cosa, cada uno en su casa, aprendiendo a coexistir.

 Es curioso, puedo imaginar todo esto sin resentimiento, solo con la sensación de un futuro que nunca llegó, de una vida que podría haber sido diferente, pero que tal vez también habría sido incompleta, y aun así me invade un calorcito extraño, una mezcla de ternura y deseo, por ese hombre que de alguna manera era mío, pero al mismo tiempo nunca lo fue.

 Quizás lo que añoro es que nunca cerramos el ciclo, yo me fui de su vida, o eso creí, llevándome mis silencios y mis dudas, pero él siguió habitando mi mente sin que me diera cuenta, los años pasaron, las casas cambiaron, los amigos vinieron y se fueron, pero él siempre estaba allí, entre la memoria y el deseo, recordándome que algunas personas nunca se van del todo, incluso cuando no están. Y ahora, a mis veinte y nueve años, lo reconozco con toda claridad: no necesito respuestas, no necesito reproches, solo sé que hay un hilo invisible que nos conecta, un hilo que se tensa y se afloja, que no pide nada y a la vez lo dice todo. Y me doy permiso de sentirlo, de dejar que me atraviese, sin miedo y sin culpa.