Sentada
frente al computador, mientras intento trabajar, un suspiro lo trae a mi mente,
él no fue amor, fue algo más sencillo y, por eso mismo, difícil de explicar,
quizás podría compararlo con el famoso amor de verano de los jóvenes, pero no
fue del todo una casualidad, trabajábamos juntos, pero nunca habíamos pasado de
un saludo educado, hasta que un día, después de varias miradas furtivas, hubo
una invitación a comer.
Ambos
sabían que aquella invitación a comer era apenas un acuerdo tácito, una forma
educada de encubrir el deseo, no pasó nada ese día, o eso creyeron, pero algo
quedó encendido, lo suficiente como para marcar el inicio. A partir de ahí
dejaron de ser solo amigos con sonrisas largas y se volvieron amigos con
miradas que se demoraban más de la cuenta, como quien reconoce una urgencia:
con hambre contenida, con una sonrisa que ya prometía demasiado.
Después
vinieron los besos, no tímidos, no contenidos, besos que parecían reclamar un
lugar que aún no existía. Ninguno de los dos imaginó que tanta pasión pudiera
desbordarse así, sin previo aviso, como si los cuerpos se reconocieran antes
que las palabras, porque el cuerpo insiste cuando algo le pertenece por
instantes. Se dejaron llevar, sin promesas, sin nombres, solo obedeciendo a esa
urgencia que no pide permiso.
Lo
que siguió fue puro impulso, una pasión limpia y también un prohibida, de esa
que no se presume ni se planea, bebimos uno del otro con hambre tranquila,
descubriendo labios y piel como quien encuentra un secreto que no quiere
compartir.
Nuestros
cuerpos quedaron saciados, exhaustos, pero no completos, lo que nació ahí no
fue amor, fue algo más urgente: una necesidad que regresaba, puntual, casi
ritual, semana tras semana.
No
me prometió nada ni me habló del futuro, yo por otra parte nunca quise su
corazón, quise su atención, él me trataba bien, demasiado bien, como si yo
fuera una reina en ese espacio breve que compartíamos. Yo no lo amé, nunca lo
confundí, solo quise que ese trato fuera mío, que no se derramara en nadie más.
Me
abría la puerta, me miraba a los ojos cuando yo hablaba y ponía su mano en mi
espalda como si supiera exactamente cuánta presión necesitaba, me trataba con
una delicadeza que no pedí.
Me
gustaba saber que era mío en ese espacio pequeño y cerrado, que nadie más
entraba. No eran celos, era posesión suave, como quien cuida un objeto frágil,
aunque no le pertenezca.
Cuando
se fue, no dolió como duele el amor, no hubo llanto ni reproches, solo quedó en
la memoria ese recuerdo tibio, que no quema ni congela, pero que vuelve de vez
en cuando para recordarme que también merecí eso: calidez sin promesas, cuidado
sin amor, y a veces, eso basta.
La
relación duró poco, pero mientras existió, fue absoluta, no hubo promesas ni
planes, solo la certeza de que, en ese tiempo breve, nuestros cuerpos se
entregaron con una intensidad que no admite mitades. Así, sin futuro y sin
nombres, nos volvimos eso: los amantes perfectos. No por lo que duro, sino por
todo lo que ardió.