Cuando uno escribe para satisfacer la inspiración interior del alma, uno da a conocer por lo escrito, aun sin quererlo, hasta la más mínima fibra de su ser y de su pensamiento.

Germaine De Staël

MEMORIAS

viernes, 8 de mayo de 2026

Los amantes perfectos

 

Sentada frente al computador, mientras intento trabajar, un suspiro lo trae a mi mente, él no fue amor, fue algo más sencillo y, por eso mismo, difícil de explicar, quizás podría compararlo con el famoso amor de verano de los jóvenes, pero no fue del todo una casualidad, trabajábamos juntos, pero nunca habíamos pasado de un saludo educado, hasta que un día, después de varias miradas furtivas, hubo una invitación a comer.

 Ambos sabían que aquella invitación a comer era apenas un acuerdo tácito, una forma educada de encubrir el deseo, no pasó nada ese día, o eso creyeron, pero algo quedó encendido, lo suficiente como para marcar el inicio. A partir de ahí dejaron de ser solo amigos con sonrisas largas y se volvieron amigos con miradas que se demoraban más de la cuenta, como quien reconoce una urgencia: con hambre contenida, con una sonrisa que ya prometía demasiado.

 Después vinieron los besos, no tímidos, no contenidos, besos que parecían reclamar un lugar que aún no existía. Ninguno de los dos imaginó que tanta pasión pudiera desbordarse así, sin previo aviso, como si los cuerpos se reconocieran antes que las palabras, porque el cuerpo insiste cuando algo le pertenece por instantes. Se dejaron llevar, sin promesas, sin nombres, solo obedeciendo a esa urgencia que no pide permiso.

 Lo que siguió fue puro impulso, una pasión limpia y también un prohibida, de esa que no se presume ni se planea, bebimos uno del otro con hambre tranquila, descubriendo labios y piel como quien encuentra un secreto que no quiere compartir.

 Nuestros cuerpos quedaron saciados, exhaustos, pero no completos, lo que nació ahí no fue amor, fue algo más urgente: una necesidad que regresaba, puntual, casi ritual, semana tras semana.

 No me prometió nada ni me habló del futuro, yo por otra parte nunca quise su corazón, quise su atención, él me trataba bien, demasiado bien, como si yo fuera una reina en ese espacio breve que compartíamos. Yo no lo amé, nunca lo confundí, solo quise que ese trato fuera mío, que no se derramara en nadie más.

 Me abría la puerta, me miraba a los ojos cuando yo hablaba y ponía su mano en mi espalda como si supiera exactamente cuánta presión necesitaba, me trataba con una delicadeza que no pedí.

 Me gustaba saber que era mío en ese espacio pequeño y cerrado, que nadie más entraba. No eran celos, era posesión suave, como quien cuida un objeto frágil, aunque no le pertenezca.

 Cuando se fue, no dolió como duele el amor, no hubo llanto ni reproches, solo quedó en la memoria ese recuerdo tibio, que no quema ni congela, pero que vuelve de vez en cuando para recordarme que también merecí eso: calidez sin promesas, cuidado sin amor, y a veces, eso basta.

 La relación duró poco, pero mientras existió, fue absoluta, no hubo promesas ni planes, solo la certeza de que, en ese tiempo breve, nuestros cuerpos se entregaron con una intensidad que no admite mitades. Así, sin futuro y sin nombres, nos volvimos eso: los amantes perfectos. No por lo que duro, sino por todo lo que ardió.

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