Cuando uno escribe para satisfacer la inspiración interior del alma, uno da a conocer por lo escrito, aun sin quererlo, hasta la más mínima fibra de su ser y de su pensamiento.

Germaine De Staël

MEMORIAS

jueves, 5 de marzo de 2026

No fui su historia, pero fui su pausa

 Esta es otra de las historias que me gustaría se integraran algún día a un libro. 

No todas las historias de amor comienzan como las novelas nos han hecho creer, esta historia fue con naturalidad, un día de fiesta entre amigas y allí estaba él, una coincidencia demasiado cómoda para ser casual, ya nos habíamos visto antes, pero en ese momento yo no lo recordaba, pero él sí, y en aquel instante yo no sabía que estaba entrando en algo que me iba a marcar.

 Apareció cuando el amor que yo había elegido no supo dónde ponerme, yo venía de un amor breve, intenso y tierno, pero incompleto, de esos que no fallan por falta de sentimiento, sino por exceso de realidad, mi corazón quedó en un lugar donde no lo extrañaron, lo tomaron, lo usaron con cuidado, incluso con cariño, y luego lo dejaron ahí, sin sitio propio, sin un nombre claro, y eso, aunque una lo entienda, duele.

 Pero llego él, mi ángel, no buscaba salvarme, pero lo hizo, llegó justo cuando yo estaba a punto de romperme del todo, cuando el dolor ya no cabía en el pecho y empezaba a buscar salida, no le conté nada y aun así me dijo las palabras exactas, como si supiera que me estaba pasando, como si mi tristeza se notara más de lo que yo creía y me dio tranquilidad sin proponérselo.

 A pesar de que había entre nosotros una brecha, no sólo de edad, sino de historia, yo aún con el corazón roto, todavía podía permitirme creer que el amor se construye hacia adelante, él amaba mirando el pasado, cuidando no romper nada más de lo que ya estaba roto, él tenía hijos pequeños, una vida que todavía no encontraba su nueva forma, una familia ante la que yo no existía y aun así, durante un tiempo breve, coincidimos en el mismo espacio.

 A veces lo veía quedarse en silencio, no era un silencio vacío, estaba lleno con sus hijos, sus horarios, sus responsabilidades, mismas que yo apenas comenzaba a entender, me hablaba de ellos con una mezcla de orgullo y cansancio, yo lo escuchaba con atención verdadera, no por obligación, sino porque me importaba, y en ese gesto —el de escuchar sin huir— creo que él empezó a quererme.

 Nuestro amor fue un descubrimiento mutuo, él se permitía reír como alguien que había olvidado que podía hacerlo sin culpa, yo aprendía a amar con el cuerpo y con la cabeza al mismo tiempo, no había juegos ni promesas exageradas, había presencia, y eso era mucho.

 Hubo intensidad sí, pero no era una intensidad ruidosa, era más bien una forma cuidadosa de tocarnos, de hablarnos bajito, como si ambos supiéramos que aquello era frágil, el problema nunca fue el amor, fueron los lugares que no podía ocupar, no quise ser la otra ni siquiera cuando ya no había otra, no quise amar desde la sombra ni aceptar una historia que no pudiera decirse en voz alta.

 Y aun así me quedé un tiempo, porque cuando estábamos juntos, todo parecía suficiente, el problema es que el amor no solo vive de lo que pasa entre dos personas, sino de lo que puede decirse de ellas, y yo no quería ser un secreto amable ni una pausa entre etapas, recuerdo el momento exacto en que lo entendí, me dolió en silencio, como duelen las cosas que una entiende antes de aceptarlas, en ese instante supe que yo estaba más adentro de su vida de lo que él estaba dispuesto a recibirme, no fue una pelea, fue una frase simple, dicha sin intención de herir…

 Para mí fue un amor universitario, para él fue otra cosa: una ventana abierta después de años de estar cerrada, yo lo veía descubrir la juventud que se le había escapado por casarse demasiado pronto; él me miraba como quien aprende que amar también puede ser tierno, no solo responsable.

 Nos despedimos sin dramatismos, como se despiden los adultos que ya aprendieron que no todo lo que duele es un error. Me quedé con la certeza de haber amado bien, aunque no por mucho tiempo y entendí que a veces una se va no porque deje de querer, sino porque se quiere a sí misma lo suficiente, ahora sé que los amores breves no son incompletos, son exactos, duran lo que tienen que durar para enseñarnos algo que no se aprende de otra forma y aunque nunca hablamos directamente del lugar que yo ocupaba, lo sabíamos, yo existía en un espacio delicado, sin nombre, yo sabía que los besos no eran contratos y que las caricias no prometían nada y aun así me dejé caer en la experiencia de un amor intenso y tierno, justo en la edad en la que ambos lo necesitábamos, aunque por razones distintas.

 Y eso fue suficiente para recordarme algo esencial: que la vida todavía valía la pena, que yo valía la pena, incluso más de lo que había creído mientras intentaba encajar en una historia que no podía nombrarme, aprendí también que el corazón puede sangrar y seguir latiendo, que una es más resistente de lo que imagina, aunque el dolor se sienta desproporcionado.

Hoy me quedo con la tranquilidad, con ese ángel sin alas que llegó sin prometer nada y me saco del abismo en el que estaba.   

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