Esta es otra historia "pal' libro" como les llamo yo.
Esta
no es una historia de amor, es más bien una historia de pasión, esa que te
llega como cuando eres adolescente, la que te hace sentir que la vida es bella
y el cuerpo liviano, no lo conocí por accidente, una amiga me había hablado de
él con esa ligereza peligrosa con la que se anuncian las cosas importantes,
como si no supiera que hay nombres que llegan antes que las personas. Yo ya
sabía que iba a estar allí, sabía incluso, que debía tener cuidado, aun así, fui,
entré al lugar con la curiosidad alerta y el corazón dispuesto a negar
cualquier evidencia.
Cuando
me lo presentaron, bastó un minuto —tal vez menos— para entender que entre
nosotros había algo imprudente, una chispa que no pedía permiso ni
explicaciones, hablamos como si nos conociéramos de antes, como si hubiéramos
quedado pendientes en otra vida y el tiempo, generoso o cruel, nos hubiera
vuelto a cruzar solo para recordárnoslo. La química fue inmediata, indecente, no
hubo tiempo para la duda, desde el primer minuto supe que algo se había
desordenado.
Yo
tenía pareja, él también, eso nos daba una falsa sensación de seguridad, como
si los compromisos fueran un chaleco antibalas contra el deseo, y aun así, el
cuerpo no sabe de compromisos cuando el alma se despierta.
Nunca
mencionamos a nuestras parejas, aunque estaban ahí, invisibles pero presentes,
como un acuerdo tácito de buena conducta. El deseo, en cambio, no respetó
ningún pacto, se sentó entre nosotros con descaro, vivía en las miradas largas,
en las sonrisas que llegaban tarde, en el roce accidental de las manos que
nadie se apresuraba a corregir.
Pasó
una vez.
Una
sola vez, y fue suficiente.
No
fue un accidente, fue una decisión breve y clara, un cruce de cuerpos que no
pedía futuro ni repetición, no hubo promesas ni planes, solo una verdad
sostenida el tiempo justo para no convertirse en mentira, después, el mundo
volvió a su lugar, aunque no exactamente igual.
Y
fue ahí cuando entendí algo incómodo: que la sensación de engaño no apuntaba
donde yo creía, volví a mi pareja con la impresión extraña de estar ocultando
algo que había sido, paradójicamente, honesto, como si al regresar estuviera
traicionando esa única vez en la que me permití no fingir.
Después
cada uno siguió su camino, como se espera de las personas que no quieren hacer
daño, regresamos a nuestras vidas con una mezcla incómoda de alivio y pérdida,
nada se rompió de forma escandalosa, pero algo quedó marcado, como una grieta
fina que solo se nota cuando la luz da de cierto ángulo.
Seguimos
siendo amigos, que es una palabra osada cuando hay historia debajo, aprendimos
a estar sin cruzar líneas, a hablarnos sin tocarnos, nunca volvimos a mencionar
aquello que pasó, pero lo llevábamos con nosotros, discreto, bien educado,
atento a cada gesto.
A
veces me pregunto si él recuerda ese primer día como yo: con la sensación de
haber llegado sabiendo demasiado y aun así no haber sabido nada. Si en ciertos
momentos piensa en mí con esa nostalgia que no duele, pero acompaña.
No
fuimos una historia de amor, al menos no en la forma tradicional, fuimos algo
más discreto y quizá más honesto: la prueba de que no todo lo que se siente
debe vivirse hasta el final, que hay personas que llegan no para quedarse, sino
para enseñarnos quiénes podríamos haber sido, un momento exacto en el que
entendí que el deseo no necesita repetirse para ser verdadero y que una mujer
puede elegir una vez —solo una— y llevar esa elección consigo sin
arrepentimiento.
Porque
algunas cosas no regresan, no porque falten, sino porque ya dijeron todo lo que
tenían que decir.
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